Las montañas que desde hace milenios se yerguen por encima de toda obra del ser humano, toda la orografía que contempla o bien la actividad o bien el descanso que transcurre a sus pies, se encuentra tapada por las espesas nubes, que han viajado desde lugares exóticos a descargar su furia.
Tapan laderas. Esconden ermitas apostadas en lo alto de los montes. Obstaculizan la visión de lo más alto. Desde su intocable posición, envían gotas, miles de gotas, a estrellarse contra el suelo. Gotas que, esperan, vuelvan un día a lo más alto. Pero éstas no corren siempre la misma suerte.
Algunas se estampan en la cabeza de algún cabreado humano. Acabarán mezclándose con la agradable suavidad de una toalla. Otras aterrizarán sobre hojas de árboles, y comenzarán entonces un complicado recorrido a través de ellas para acabar nutriendo las raíces de la majestuosa planta. Millones y millones de gotas, de las cuales unas cuantas acabarán donde la madre naturaleza supuso que deberían acabar, osease, completando un ciclo que las llevará otra vez ahí arriba.
Estas pocas gotas tendrán la suerte de contemplar el milagro humano de las fábricas, autopistas y vertederos, o quizás la vivirán la decepción de contemplar mi reflexiva cara antes de ahogarse en la alcantarilla que les espera justo en medio del patio de mi casa. Algún día la última nube mandará la última gota sobre la última alcantarilla, y entonces todo habrá acabado.
La gota que me vea pensar, verá en mis ojos la sensación de estar acudiendo al espectáculo de la historia, esto es, la madurez, el punto máximo, la decadencia… como hacen el sol y la luna. Cuando decaiga, me gustaría tener la posibilidad de volver ahí arriba, pero es conocido ya que vivimos dentro de un invernadero, que todos queremos destruir pero nadie lo intenta, así que, me conformaré con caer en la hoja de un árbol.
Y nutrirlo. Y esto último, aunque no lo parezca, viene muy a cuento: “Écrasez l’infame”.
Tapan laderas. Esconden ermitas apostadas en lo alto de los montes. Obstaculizan la visión de lo más alto. Desde su intocable posición, envían gotas, miles de gotas, a estrellarse contra el suelo. Gotas que, esperan, vuelvan un día a lo más alto. Pero éstas no corren siempre la misma suerte.
Algunas se estampan en la cabeza de algún cabreado humano. Acabarán mezclándose con la agradable suavidad de una toalla. Otras aterrizarán sobre hojas de árboles, y comenzarán entonces un complicado recorrido a través de ellas para acabar nutriendo las raíces de la majestuosa planta. Millones y millones de gotas, de las cuales unas cuantas acabarán donde la madre naturaleza supuso que deberían acabar, osease, completando un ciclo que las llevará otra vez ahí arriba.
Estas pocas gotas tendrán la suerte de contemplar el milagro humano de las fábricas, autopistas y vertederos, o quizás la vivirán la decepción de contemplar mi reflexiva cara antes de ahogarse en la alcantarilla que les espera justo en medio del patio de mi casa. Algún día la última nube mandará la última gota sobre la última alcantarilla, y entonces todo habrá acabado.
La gota que me vea pensar, verá en mis ojos la sensación de estar acudiendo al espectáculo de la historia, esto es, la madurez, el punto máximo, la decadencia… como hacen el sol y la luna. Cuando decaiga, me gustaría tener la posibilidad de volver ahí arriba, pero es conocido ya que vivimos dentro de un invernadero, que todos queremos destruir pero nadie lo intenta, así que, me conformaré con caer en la hoja de un árbol.
Y nutrirlo. Y esto último, aunque no lo parezca, viene muy a cuento: “Écrasez l’infame”.